El Leonardo Da Vinci de Sefarad

11/Jun/2018

La Razón, España- por José María Zavala

El Leonardo Da Vinci de Sefarad

Corría el año 940 y no se hablaba de otra
cosa de un extremo a otro de la ciudad de Córdoba. Se decía que un sabio judío
de aquella localidad acababa de descubrir la panacea universal, el mítico
remedio capaz de curar todas las enfermedades y de prolongar la vida de manera
indefinida. Casi nada. El califa Abderramán III no tardó en hacerle llamar para
averiguar si aquel rumor era cierto. Y en su corte se presentó así Hasday Ibn
Shaprut, el protagonista de esta nueva y fascinante historia.
El remedio del hebreo no resultó ser al
final tan fabuloso como se anunciaba, pero tampoco podía considerarse en modo
alguno desdeñable. Se trataba de un potente antídoto contra los venenos que
mejoraba todos los que ya habían sido probados. Abderramán, que vivía aterrado
ante la sola idea de que sus enemigos pudieran emponzoñarle, designó de
inmediato a Hasday como su médico personal. Este fue el inicio de la carrera de
una personalidad de importancia capital en el alumbramiento de la llamada Edad
de Oro de la cultura judía en España. Y que, sin embargo, hasta hace bien poco
era prácticamente desconocida.
Córdoba, capital de Occidente
¿Quién era Hasday Ibn Shaprut? Nacido en
Jaén en el seno de una familia aristocrática, se trasladó a vivir a Córdoba de
adolescente atraído por su fama y esplendor. Y fue en el ambiente de esta
capital donde florecieron todas sus capacidades. A finales del primer milenio
de la era cristiana no había mejor lugar que Córdoba para estar al día de los
adelantos científicos y técnicos. La capital del califato de los omeyas era la
mayor y más rica de las ciudades de Occidente. Entre otras maravillas, contaba
con un sistema de iluminación público que obligaba a los visitantes extranjeros
a reconocer que por la noche se veía con la misma claridad que de día.
En Córdoba, Hasday estudió medicina, además
de la ciencia del Talmud y la Cábala. No había saber alguno que se le
resistiese, incluidos los más ocultos y esotéricos. Aprendió a dominar el
hebreo, árabe, latín y el incipiente romance castellano. Hasday era todo un
hombre del Renacimiento, antes incluso de que este movimiento cultural hubiese
alumbrado la Europa Occidental durante los siglos XV y XVI. En aquella especie
de extravagante «Versalles medieval», como puede considerarse hoy a la corte de
Medina Azahara, la influencia de Hasday resultó decisiva. Pronto se convirtió
en uno de los principales consejeros del califa Abderramán. Primero, fue
secretario de Cartas Latinas; y más tarde, delegado del califa en Bizancio,
donde defendió los intereses de la comunidad judía de Italia a la que el
emperador quería convertir al cristianismo.
Empleando sus habilidades diplomáticas,
Hasday ejerció funciones similares a las de un ministro de Exteriores. Por si
fuera poco, se le confió el control de las aduanas en el estratégico puerto
fluvial de Córdoba, del cual los omeyas obtenían una parte sustancial de los
ingresos que llenaban a rebosar sus arcas. Nuestro protagonista se erigió de
facto en la mano derecha de uno de los más grandes califas de la historia del
Islam. El erudito sefardí logró establecer alianzas casi imposibles entre el
califato y otras potencias mundiales de la época, evitando por ejemplo un grave
conflicto con el emperador alemán, que amenazaba con una guerra para detener
las incursiones de los corsarios andalusíes en los pasos de los Alpes suizos.
Hasday llegó a ostentar el cargo de «nasi», equivalente en hebreo bíblico a
«príncipe», de las comunidades israelitas de Al-Ándalus, como la de Eliossana,
actual Lucena, conocida en la época como «La Perla de Sefarad».
Ejemplo de convivencia
Fue esta localidad,
precisamente, una suerte de metrópoli del judaísmo español que gozó de gran
autonomía. El lugar donde se había fundado la academia talmúdica más importante
del mundo, en la que se impartían disciplinas como astrología, matemáticas y
lenguas diversas. Muchos de los sabios que estudiaron allí viajaron luego a
Toledo para fundar la célebre Escuela de Traductores. Hasday era una persona
tolerante en una época donde las diferencias religiosas se dirimían en los
sangrientos campos de batalla. Y aunque él fue leal al país islámico del que
era servidor, mantuvo siempre profundas convicciones judías. Tal vez por ello
quedó fascinado al oír hablar por primera vez del reino judío de Jazaria,
oculto en los límites entre Europa y Asia. Y ni corto ni perezoso, escribió a
su rey Yosef para establecer relaciones diplomáticas y sondear la apertura de
una alternativa a la Ruta de la Seda nada menos…